El crecimiento suele interpretarse como evidencia de fortalecimiento institucional. Pero existe una etapa intermedia menos cómoda: la complejidad aumenta antes de que la organización haya construido todas las capacidades necesarias para sostenerla.
Más proyectos, más grupos de interés, más recursos y más personas crean nuevas interfaces. Procesos antes informales empiezan a generar retrabajo. Decisiones que funcionaban por cercanía comienzan a depender de la gobernanza. La información que cabía en la memoria de pocas personas necesita convertirse en sistema.
El desafío no es burocratizar una organización que funciona. Es construir capacidad proporcional a la complejidad que pasó a cargar.
Por eso el desarrollo institucional no debería empezar por la pregunta “¿qué área tiene un problema?”, sino por otra: ¿qué capacidades exige la próxima etapa y dónde pueden las relaciones entre ellas estar limitando la evolución?